Zoológico de
Palermo
Oppure un modo di dire che la specie umana corris-
ponde piu a la prima che a la seconda parola.
Por primera vez zoolo y camuflado de homo
sapiens –sapiens-, visité
el jardín zoológico de Buenos Aires, que, como todos deberíamos saber, equivale
a un establecimiento carcelario, destinado a las especies clásicas del reino
animal.
Nostalgioso, recordé mis marcas[1],
provenientes de la (madre) naturaleza.
Casi nadie advirtió mi oportuna simulación de
ser un ejemplar perteneciente a la especie.[2]
No obstante admito que hubo algunas miradas –sobre todo la del camello y la de varios
empleados del parque- que trasuntaban sospechas del estilo: “¿Y éste de dónde
salió…?”, “¿Es o se hace…?”.
Mientras tomaba fotografías digitales, deduje
que la gran diferencia -en el reino en cuestión- estaría dada principalmente por
el papel asignado al uso de la indumentaria.
Pasando semejantes
ideas y sensaciones en limpio, obtendríamos la existencia de un Reino Animal,
que debería ser dividido –para su estudio- en dos grupos. Uno que llamaremos A; más vasto en cuanto a la variedad de
especies que comporta. El otro, que llamaremos B; mucho más grande en lo tocante al número de ejemplares que lo
caracteriza.
Tal vez no resulte una obviedad recordar que
el sujeto, al cual me dirijo, no pertenece ni al llamado grupo A -aquel que no
utiliza vestimentas- ni al designado como grupo B –que sí requiere vestirse y
se jacta de ello-. En tanto sujeto no pertenece
a Reino Animal alguno. Sí resulta pertinente –nuestro sujeto- en las
implicancias del atributo vestimenta,[3]
presente –por ahora- en los integrantes del nombrado grupo B.
Dr. Carlos