Holocausto no sólo no es sinónimo de exterminio sino exactamente lo contrario. El primer término designa aquellas antiquísimas ceremonias y rituales en los cuales se ofrendaban a los dioses sacrificios, en pos del bien de la comunidad. Se holocausteaban elementos de sumo aprecio, por parte de los interesados directos de la propia comunidad.

   Por el contrario, la idea de exterminio implica la destrucción, feroz e iracunda, de todo lo que una sociedad, en estado de barbarie o aun en el caso de que fuese ordenada –la barbarie no es antagónica con el orden- como en un imperio, considere extraño y peligroso. Entonces, bárbaro o imperial, como nos recuerda la frase maldita “Delenda est Carthago” -de Catón el Viejo- el exterminio pertenece al ámbito de lo monstruoso.

   En el holocausto se pierde algo -que la mesura siempre prime- que se ama, por el contrario, en el exterminio, se destruye algo que se rechaza.

   Pero por suerte ocurre que en el lenguaje humano intervienen la vertiente semántica y la discursiva. En otra oportunidad trataremos de hacer una ligera exposición y desarrollo del eje nombrado en último término.

   ¿Para qué sirve una teoría de los discursos? Entre otras utilidades está la de no traicionar al sujeto –deseante- del inconsciente. Cuya dicho-mensión habitamos.

  No es algo que se suela citar pero la locura en masa constituye uno de los riesgos posibles, probables y menos advertidos en los tiempos postmodernos y globales que corren. Según cifras aproximadas, 500 millones de habitantes en la tierra padecen desordenes psicológicos. Por cierto que todo está –desde la sofística- en la vara con que se mida. Concediéndole validez a la estimación, se proyecta que dentro de tres lustros, la llamada depresión estará segunda, luego de los trastornos cardiovasculares,  como causa de muerte y enfermedad. Si a esto le adicionamos el crecimiento mundial de la longevidad, obtenemos una resultante que al menos debería inquietarnos.