ETICA y VERDAD
en PSICOANÁLISIS
Cecilia Fèvre
¿Cuál es la eficacia que se plantea para el campo del
análisis? Efectivamente se trata de delimitar el campo, y el hacer -eficacia
viene de hacer- en relación al cual el psicoanálisis pretende ser eficaz.
Explícitamente Freud delimita un campo que pretende asentar
su eficacia por fuera de los efectos de la sugestión. En ese sentido, va a
alertar contra el deseo de curar. Privilegiará por sobre el deseo de curar o furor
curandis, la tarea del análisis siendo condición de la posición del analista la
regla de la abstinencia. “...rehusamos decididamente adueñarnos del paciente
que se pone en nuestras manos y estructurar su destino, imponerle nuestros
ideales y formarle, con orgullo creador a nuestra imagen y semejanza”[1]. No
se trata de conducir el análisis hacia el logro de determinados ideales
sostenidos por el analista; que tenga un buen trabajo, que se case, si es
posible que la elección de pareja sea heterosexual, etc. Incluso dirá, el analista no debe señalar
hacia donde han de dirigirse las pulsiones liberadas: “La ambición pedagógica
es tan inadecuada como la terapéutica”[2]. En
este mismo sentido cito a Lacan: “Recuerdo haber provocado indignación (...) al
decir que, en el análisis, la curación venía, de algún modo, por añadidura. Se
ha visto allí no sé qué desprecio por alguien a quien tenemos a cargo, por
aquel que sufre. Hablaba desde un punto de vista metodológico. Es cierto que
nuestra justificación, como nuestro deber es el de mejorar la posición del
sujeto. Y pretendo que nada es más vacilante en el campo en el que estamos, que
el concepto de curación”[3]. ¿Se trata de curar qué?
La tarea analítica en
tanto supone una dirección de la cura, implica una dimensión ética, en el
sentido de lo que dirige una acción. Así, el campo de la práctica analítica es
un campo ético en la medida en que toda praxis supone una ética. ¿Cuál es la
dimensión ética que el psicoanálisis pone en juego? La regla de abstinencia como principio ético trata
de despejar el campo de la posibilidad de que sea comandado por los ideales del
analista o por cualquier idea de normatividad a ser alcanzada. No se trata
entonces de una ética que se dirige a logros predeterminados, normativos, sino
que se trata de una ética que se articula al campo del deseo que responde a la
singularidad del sujeto. En este sentido, el analista no toma sobre sí la
pretensión de saber qué es lo que le conviene al sujeto.
Freud señalará la falta de saber radical que afecta al hecho
de que la pulsión no tiene objeto predeterminado, no hay saber sobre eso y esta
falta de saber es estructural. De allí que la abstinencia como posición ética
del analista supone el abstenerse de ubicar significación en el hueco de lo
real. Se trata de que el sujeto se encuentre con lo irreductible de la falta;
llenar ese casillero no susceptible de rellenar, con los ideales de curación
del analista, clausura toda posibilidad de análisis.
Podríamos
pensar en un nivel de eficacia jugado en la constitución del síntoma. Para el
psicoanálisis el síntoma se constituye en transferencia y en tanto tal, la
eficacia que pone en juego es la posibilidad de que sea abordable
analíticamente. El síntoma supone un modo de anudamiento singular, un modo de
tratar lo real, lo traumático inarticulable. El síntoma se constituye entonces
no como algo a eliminar sino más bien, a interrogar en el sentido de la verdad
que él cifra. Verdad absolutamente singular y que supone determinado lazo,
determinada articulación entre significantes y goce. Dimensión de verdad que el
síntoma porta y que es a producir.
Freud en un primer momento intentaba
encontrar la causa última del síntoma en su referencia a una escena primitiva
efectivamente vivida y a la cual daba el estatuto de verdad histórica. Más
adelante, en Construcciones en psicoanálisis, dirá que aunque no se recupere
algún recuerdo, es decir aunque no pueda encontrarse un referente en alguna
vivencia susceptible de recordarse, la construcción puede operar con la misma
eficacia y tener el mismo efecto de verdad que si se hubiese tratado de algo
realmente vivido. “El camino que empieza en la construcción del analista
debería acabar en los recuerdos del paciente, pero no siempre llega tan lejos.
Con mucha frecuencia no conseguimos que el paciente recuerde lo que ha sido
reprimido. En lugar de ello, si el análisis es llevado correctamente,
producimos en él una firme convicción de la verdad de la construcción, que
logra el mismo resultado terapéutico que un recuerdo vuelto a evocar. El problema
de en qué circunstancias ocurre esto y de cómo es posible que lo que parece ser
un sustituto incompleto produzca un resultado completo, todo esto constituye el
objeto de una investigación posterior”.[4]
El acento pasa entonces de buscar como
verdad última la referencia a algún hecho acaecido, a la ficción en juego, a la
estructura ficcional que la construcción supone, mientras que el estatuto de
verdad queda articulado a si dicha escena construida el sujeto la “verifica”
con su síntoma. La verdad resulta de una operación de articulación de
significantes que tienen efecto sobre el goce del síntoma. Lacan avanzará en el sentido de señalar que
lo que importa no es tanto el contenido de la escena construida sino la articulación
entre las escenas. De lo que se trata es de una relación de implicación que
puede expresarse diciendo no habría habido esto sin esto otro (es decir, este
síntoma se articula con determinada escena fantasmática). Si es verdad que no
hay esto sin lo otro, la implicación es verdadera. Lo que queda privilegiado entonces es el
nexo, la articulación, la reunión de dos escenas por medio de la relación de
implicación. De este modo queda vacío el lugar de la causa, se trata de una
articulación que da cuenta del síntoma pero que no hace consistente una verdad
que revelaría un sentido último. “El
síntoma representa el retorno de la verdad como tal en la falla de un saber”[5] Se trata del síntoma en tanto en sí mismo se
constituye como verdad. No que expresa una verdad contenida en algún lugar,
sino que aquello traumático, inarticulable para el sujeto, se articula no-todo
en significantes. La ficción fantasmática cumple la función de tratar lo
traumático, lo real inarticulable para el sujeto intentando dar cuenta de ese
exceso de goce. El síntoma emerge como resultado entonces de esa articulación
singular de significantes y goce. Es la forma misma en que el inconsciente
estructurado como un lenguaje, recorta, vehiculiza, semi-dice una dimensión de
verdad que implica metaforizaciones cristalizadas y fijaciones.
En relación a la experiencia del
análisis, sabemos que es necesaria la presencia del analista. En tanto se trata
de la interrogación acerca de un saber, la misma requiere ubicar un sujeto
supuesto a ese saber, supuesto que sostiene entonces la posibilidad de que esa
pregunta se despliegue. De allí el soporte del sujeto supuesto al saber como
condición necesaria del análisis. El analista da soporte a esa función del
sujeto supuesto saber y su presencia dirá Lacan es una manifestación del inconsciente. El sujeto neurótico, intenta responder a su
división, a la falta en ser, por vía de la demanda de saber, de la demanda de
amor. A aquél que sabe lo amo en tanto podrá responder por mi deseo, por mi
ser. Esta demanda de saber como demanda de amor estructura el campo
transferencial, se trata de la neurosis de transferencia de la cual el sujeto
deberá curarse. Dirección del análisis entonces hacia la destitución de este
sujeto supuesto al saber, es decir destitución de un Otro al cual el sujeto
recurre en tanto podría responder con un saber del cual sería garante y
poseedor.
El analista da soporte a esa función,
acepta esta suposición, sabiendo que será depuesta al final del análisis. Lo
sabe por su propio análisis, así como sabe que se trata de la vía ineludible
sobre la cual se asentará su eficacia.
Da cuerpo a ese lugar aún cuando su lugar princeps es el lugar de
semblante, de apariencia del objeto a, hace presente el objeto a en tanto
ausencia, en tanto falta. El lugar del semblante, hace presente el vacío, lo
real y eso mismo introduce la castración y articula la verdad. “Qué quiere decir por lo tanto el análisis de
la transferencia. Si algo quiere decir no puede ser otra cosa que la
eliminación de ese sujeto supuesto al saber, porque no hay para el análisis, ni
mucho menos para el analista, ninguna parte –y esta es la novedad- del sujeto
supuesto al saber; sólo hay lo que resiste a la operación del saber haciendo
del sujeto, a saber, ese residuo que podemos llamar la verdad”.[6]
Ahí donde la verdad indica la falta
estructural del saber, el vacío, la transferencia pone un sujeto: al menos uno
sabe. Esa suposición deberá conmoverse a
lo largo del análisis, y esto producirá un cambio en la posición del sujeto en
su relación al saber. La caída del
sujeto supuesto al saber se articula por lo tanto con el hecho de que el inconsciente
es un saber sin sujeto. No se trata de que en el inconsciente el sujeto sí
sabe. No hay sujeto en el inconsciente,
el sujeto se localiza en la hiancia misma. Siempre un poco antes o un poco
después, siempre evanescente, siempre agujero, deseo. Lo inconsciente supone una red de
significantes con leyes que hacen a su combinatoria, pero no se trata sólo de
eso sino que es necesario privilegiar el efecto sujeto de esa combinatoria. “El
inconsciente es la suma de los efectos de la palabra en un sujeto, a ese nivel
en que el sujeto se constituye con los efectos del significante”.[7] Podemos decir que este saber del inconsciente
no sólo es un saber que no se sabe, sino también un saber agujereado, un saber
con fallas. Se trata de un saber que se organiza alrededor de un agujero, de
una falta irreductible. El inconsciente
al cual Lacan nombrará como discurso del Otro supone el problema de la
castración y esto afecta al problema de la verdad.
El
analista es quien da existencia al inconsciente, forma parte del concepto de inconsciente
y es en ese campo de la transferencia, donde algún encuentro con la falta es
realizable. “...cuando se trata del inconsciente
que les presento a la vez como lo que pertenece al interior del sujeto, pero
que no se realiza más que fuera, es decir, en ese lugar del Otro donde
solamente puede tomar su estatuto”.[8] El encuentro con la falta, se realiza en el
campo del Otro. El inconsciente en tanto discurso del Otro, nos confronta con
un Otro barrado, y esto tiene consecuencias en relación a la verdad. Si el Otro
al cual el sujeto se dirige y espera que sea testigo y garante de la verdad de
su decir, está castrado, no puede decir la verdad, no puede garantizarla, no
puede decir lo verdadero sobre lo verdadero. De allí que Lacan va a poner en
cierta relación de semejanza la operación castración y la verdad. Así, llamará
operación verdad-castración a la operación que realiza un sujeto en el
análisis, es decir, en transferencia, por la vía de la presencia del analista.
Es la castración, la que pone límites a la verdad. Se tratará de una verdad no-toda, de la cual
habrá un medio decir. No hay La Verdad con mayúscula, sostener ese estatuto
iría de la mano con un rechazo de la falta.
El analista no se ofrece como garante de la verdad, se trata en todo caso de que pueda garantizar un lugar para la verdad y no la verdad misma. Es decir, crear las condiciones de posibilidad para que la operación verdad-castración se realice. La verdad no tiene el estatuto de una revelación, sino que cualquier decir, podría tomar estatuto de verdad. No es algo que pueda saberse de antemano que “eso” es la verdad. En esta línea podemos afirmar que la verdad está en las antípodas de la consistencia, del todo, de lo que completa, de la significación plena. Cuanto más consistente es la significación que se atribuye a algo, más ajeno a la verdad, ya que ésta pone en juego la castración. La verdad se articula con las fallas del saber. No se trata entonces de un enunciado determinado que deberá emerger como producto de una revelación, sino que cualquier articulación significante (aunque para lo singular de cada sujeto, no será cualquiera), tomará el valor de realizar la operación verdad o castración.
La
verdad conecta con el campo de la falta estructural, con lo real, lo traumático
y su imposibilidad de decirse, siendo lo
que no cesa de no escribirse. La eficacia del análisis pone en juego la
posibilidad de tratar ese real traumático por la vía de lo simbólico
produciendo en ese hacer una pérdida de goce. Pérdida a partir de la cual y en
tanto opera como causa se relanzará el movimiento de búsqueda de la repetición
efectuando al sujeto como deseo.
[1] Freud, S. Los caminos de la terapia psicoanalítica (1919). O.C. Biblioteca Nueva.
[2] Freud, S. Consejos al médico (1912) O.C. Biblioteca Nueva.
[3] Lacan, J: Seminario La angustia. (clase 12.12.62)- Inédito
[4] Freud, S. Construcciones en psicoanálisis. O.C. Biblioteca Nueva
[5] Lacan, J. Escritos, Del sujeto por fin cuestionado. (1966) – Siglo XXI
[6] Lacan, J. Seminario del
Acto Psicoanalítico – Clase 29.11.67 – Inédito.
[7] Lacan, J. Seminario XI -
Clase 15.6.64- Inédito.
[8] Idem. - Clase 22.4.64